Cuántas veces, amor, te amé sin verte y tal vez sin recuerdo,
sin reconocer tu mirada, sin mirarte, centaura,
en regiones contrarias, en un mediodía quemante:
eras sólo el aroma de los cereales que amo.
Tal vez te vi, te supuse al pasar levantando una copa
en Angola, a la luz de la luna de Junio,
o eras tú la cintura de aquella guitarra
que toqué en las tinieblas y sonó como el mar desmedido.
Te amé sin que yo lo supiera, y busqué tu memoria.
En las casas vacías entré con linterna a robar tu retrato.
Pero yo ya sabía cómo era. De pronto
mientras ibas conmigo te toqué y se detuvo mi vida:
frente a mis ojos estabas, reinándome, y reinas.
Como hoguera en los bosques el fuego es tu reino.
Pablo Neruda
lunes, 3 de noviembre de 2014
Cuántas veces, amor, te amé
viernes, 31 de octubre de 2014
EL crimen perfecto
En Londres, es así: los radiadores devuelven calor a cambio de las monedas que reciben. Y en pleno invierno estaban unos exiliados latinoamericanos tiritando de frío, sin una sola moneda para poner a funcionar la calefacción de su apartamento.
Tenían los ojos clavados en el radiador, sin parpadear. Parecían devotos ante el tótem, en actitud de adoración; pero eran unos pobres náufragos meditando la manera de acabar con el Imperio Británico. Si ponían monedas de lata o cartón, el radiador funcionaría, pero el recaudador encontraría, luego, las pruebas de la infamia.
¿Qué hacer?, se preguntaban los exiliados. El frío los hacía temblar como malaria. Y en eso, uno de ellos lanzó un grito salvaje, que sacudió los cimientos de la civilización occidental. Y así nació la moneda de hielo, inventada por un pobre hombre helado.
De inmediato, pusieron manos a la obra. Hicieron moldes de cera, que reproducían las monedas británicas a la perfección; después llenaron de agua los moldes y los metieron en el congelador.
Las monedas de hielo no dejaban huellas, porque las evaporaba el calor.
Y así, aquel apartamento de Londres se convirtió en una playa del mar Caribe.
Eduardo Galeano - El libro de los abrazos.
lunes, 20 de octubre de 2014
Último escrito
Somos cinco mil aquí.
En esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil.
¿Cuántos somos en total
en las ciudades y en todo el país?
Somos aquí diez mil manos
que siembran y hacen andar las fábricas.
¡Cuánta humanidad
con hambre, frío, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura!
Seis de los nuestros se perdieron
en el espacio de las estrellas.
Un muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores,
uno saltando al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra el muro,
pero todos con la mirada fija de la muerte.
¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es acto de heroísmo.
¿Es éste el mundo que creaste, Dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?
En estas cuatro murallas sólo existe un número que no progresa.
Que lentamente querrá la muerte.
Pero de pronto me golpea la consciencia
y veo esta marea sin latido
y veo el pulso de las máquinas
y los militares mostrando su rostro de matrona lleno de dulzura.
¿Y Méjico, Cuba, y el mundo?
¡Qué griten esta ignominia!
Somos diez mil manos que no producen.
¿Cuántos somos en toda la patria?
La sangre del Compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas.
Así golpeará nuestro puño nuevamente.
Canto, que mal me sales
cuando tengo que cantar espanto.
Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto.
De verme entre tantos y tantos momentos del infinito
en que el silencio y el grito son las metas de este canto.
Lo que nunca vi, lo que he sentido y lo que siento
hará brotar el momento...
Víctor Jara
(28/09/1932 - 15-16/09/1973)
*carta escrita en el "Estadio Chile" entre el 12 y el 15 de septiembre (ahora llamado Víctor Jara), donde fue llevado Jara junto con miles de chilenos declarados enemigos de la patria por la junta militar y la oligarquía después del golpe de Estado perpretado el 11 de Septiembre de ese mismo año por el general Augusto Pinochet(donde murió Salvador Allende). Finalmente Victor Jara es reconocido por los militares y tras haber sido brutalmente torturado, es asesinado entre la noche del 15 y la madrugada del 16 de septiembre del 73.
*carta escrita en el "Estadio Chile" entre el 12 y el 15 de septiembre (ahora llamado Víctor Jara), donde fue llevado Jara junto con miles de chilenos declarados enemigos de la patria por la junta militar y la oligarquía después del golpe de Estado perpretado el 11 de Septiembre de ese mismo año por el general Augusto Pinochet(donde murió Salvador Allende). Finalmente Victor Jara es reconocido por los militares y tras haber sido brutalmente torturado, es asesinado entre la noche del 15 y la madrugada del 16 de septiembre del 73.
viernes, 17 de octubre de 2014
Beatriz (Las estaciones)
Las estaciones son por lo menos invierno, primavera y
verano. El invierno es famoso por las bufandas y la nieve. Cuando los
viejecitos y las viejecitas tiemblan en invierno se dice que tiritan. Yo no
tirito porque soy niña y no viejecita y además porque me siento cerca de la
estufa. En el invierno de los libros y las películas hay trineos, pero aquí no.
Aquí tampoco hay nieve. Qué aburrido es el invierno aquí. Sin embargo, hay un
viento grandioso que se siente sobre todo en las orejas. Mi abuelo Rafael dice
a veces que se va a retirar a sus cuarteles de invierno. Yo no sé por qué no se
retira a cuarteles de verano. Tengo la impresión de que en los otros va a
tiritar porque es bastante anciano. Jamás hay que decir viejo sino anciano. Un
niño de mi clase dice que su abuela es una vieja de mierda. Yo le enseñé que en
todo caso debe decir anciana de mierda.
Otra estación
importante es la primavera. A mi mamá no le gusta la primavera porque fue en
esa estación que aprehendieron a mi papá. Aprendieron sin hache es como ir a la
escuela. Pero con hache es como ir a la policía. A mi papá lo aprehendieron con
hache y como era primavera estaba con un pulover verde. En la primavera también
pasan cosas lindas como cuando mi amigo Arnoldo me presta el monopatín. El
también me lo prestaría en invierno pero Graciela no me deja porque dice que
soy propensa y me voy a resfriar. En mi clase no hay ningún otro propenso.
Graciela es mi mami. Otra cosa buenísima que tiene la primavera son las flores.
El verano es la
campeona de las estaciones porque hay sol y sin embargo no hay clases. En el
verano las únicas que tiritan son las estrellas. En el verano todos los seres
humanos sudan. El sudor es una cosa más bien húmeda. Cuando una suda en
invierno es que tiene por ejemplo bronquitis. En el verano a mí me suda la
frente. En el verano los prófugos van a la playa porque en traje de baño nadie
los reconoce. En la playa yo no tengo miedo de los prófugos pero sí de los
perros y de las olas. Mi amiga Teresita no tenía miedo de las olas, era muy valiente
y una vez casi se ahogó. Un señor no tuvo más remedio que salvarla y ahora ella
también tiene miedo de las olas pero todavía no tiene miedo de los perros.
Graciela, es decir mi
mami, porfía y porfía que hay una cuarta estación llamada elotoño. Yo le digo
que puede ser pero nunca la he visto. Graciela dice que en elotoño hay gran
abundancia de hojas secas. Siempre es bueno que haya gran abundancia de algo
aunque sea en elotoño. El elotoño es la más misteriosa de las estaciones porque
no hace ni frío ni calor y entonces uno no sabe qué ropa ponerse. Debe ser por
eso que yo nunca sé cuándo estoy en elotoño. Si no hace frío pienso que es
verano y si no hace calor pienso que es invierno. Y resulta que era elotoño. Yo
tengo ropa para invierno, verano y primavera, pero me parece que no me va a
servir para elotoño. Donde está mi papá llegó justo ahora elotoño y él me
escribió que está muy contento porque las hojas secas pasan entre los barrotes
y él se imagina que son cartitas mías.
Mario Benedetti
miércoles, 15 de octubre de 2014
El niño cinco mil millones
En un día del año 1987 nació el niño Cinco Mil Millones. Vino sin etiqueta, así que podía ser negro, blanco, amarillo, etc. Muchos países, en ese día eligieron al azar un niño Cinco Mil Millones para homenajearlo y hasta para filmarlo y grabar su primer llanto.
Sin embargo, el verdadero niño Cinco Mil Millones no fue homenajeado ni filmado ni acaso tuvo energías para su primer llanto. Mucho antes de nacer ya tenía hambre. Un hambre atroz. Un hambre vieja. Cuando por fin movió sus dedos, éstos tocaron tierra seca. Cuarteada y seca. Tierra con grietas y esqueletos de perros o de camellos o de vacas. También con el esqueleto del niño 4,999,999,999.
El verdadero niño Cinco Mil Millones tenía hambre y sed, pero su madre tenía más hambre y más sed y sus pechos oscuros eran como tierra exahusta. Junto a ella, el abuelo del niño tenía hambre y sed más antiguas aún y ya no encontraba en sí mismo ganas de pensar o creer.
Una semana después el niño Cinco Mil Millones era un minúsculo esqueleto y en consecuencia disminuyó en algo el horrible riesgo de que el planeta llegara a estar superpoblado.
Mario Benedetti - Despistes y franquezas.
Sin embargo, el verdadero niño Cinco Mil Millones no fue homenajeado ni filmado ni acaso tuvo energías para su primer llanto. Mucho antes de nacer ya tenía hambre. Un hambre atroz. Un hambre vieja. Cuando por fin movió sus dedos, éstos tocaron tierra seca. Cuarteada y seca. Tierra con grietas y esqueletos de perros o de camellos o de vacas. También con el esqueleto del niño 4,999,999,999.
El verdadero niño Cinco Mil Millones tenía hambre y sed, pero su madre tenía más hambre y más sed y sus pechos oscuros eran como tierra exahusta. Junto a ella, el abuelo del niño tenía hambre y sed más antiguas aún y ya no encontraba en sí mismo ganas de pensar o creer.
Una semana después el niño Cinco Mil Millones era un minúsculo esqueleto y en consecuencia disminuyó en algo el horrible riesgo de que el planeta llegara a estar superpoblado.
Mario Benedetti - Despistes y franquezas.
lunes, 13 de octubre de 2014
Historia verídica
A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caros, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.
Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.
Julio Cortázar
Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.
Julio Cortázar
lunes, 8 de septiembre de 2014
Un mal día
Olvido cruzó las manos sobre la mesa. El café cortado que había pedido se estaba enfriando sin tocarlo. “El jodido chino no purga la máquina”, había pensado al dar el primer y único sorbo. Un café asqueroso. Quizá era el calor insufrible lo que la ponía de mal humor: notaba la goma de las bragas clavándose en las ingles y el cierre del sujetador arañando entre los omoplatos.
Pero lo que más la ofendía era saber que para Miguel, ella solo era una puerta de entrada y salida. Llevaban así más de tres años, y hasta ahora no le había importado. Nada de preguntas, nada de promesas. Era lo acordado, pero aquella mañana, por alguna razón, sí le importaba. Era injusta con él, lo sabía. No tenía derecho a pedirle lo que ella no estaba dispuesta a dar. Ya no eran aquellos críos que se bañaban desnudos en el meandro del río o que se besaban debajo del puente. Habían pasado muchos años desde que se separaron para volverse a encontrar en calles desconocidas convertidos en personas distintas. Eran incapaces de no exigirse, de aceptar solo aquello que el otro quisiera regalar. Se habían vuelto egoístas y predadores. Al hacerse amantes, habían echado a perder sus recuerdos de infancia.
–Estás follando con otra.
Miguel irguió la espalda contra el respaldo. Alzó el brazo y pidió la cuenta con un gesto imperativo.
–No digas tonterías, Olvido –Sacó un billete de diez euros de la cartera y lo dejó entre los restos del bocadillo que no había probado –.Tengo que irme a trabajar.
En el umbral de la puerta se volvió hacia ella, como si quisiera decirle algo. Pero la mirada fría de Olvido le hizo desistir.
Media hora después, ella continuaba sentada en la misma mesa, con el mismo café asqueroso. Había encendido el tercer cigarrillo consecutivo, sin apartar la mirada de las naves de enfrente. De vez en cuando parpadeaba y eso era lo único que impedía confundirla con una estatua. Se estaba derrumbando, eso era lo que le pasaba, y Miguel no tenía ninguna culpa de que su vida fuese muy distinta a como la había imaginado unos años atrás, cuando decidió abandonar su destino en la Coruña para venirse a Barcelona. Pensó que a partir de entonces su carrera vendría rodada, que su matrimonio mejoraría con la llegada de Anabel. Pero nada había salido como pensaba. Y lo peor era que lejos de mejorar, su vida empeoraba por momentos. No quería perder también a Miguel. Inventaría algo para poder escaparse un par de días a un parador, a lo mejor a Cardona, o incluso podrían liarse la cabeza a la manta y viajar hasta el de Mérida. Eso estaría bien, se dijo: apartarse de todo un tiempo y meterse los dos en una burbuja reparadora.
–Perdone, señorita, no puede fumar aquí.
Se volvió hacia el chino que la recriminaba. Era un tipo bajito, de sonrisa amarillenta y cabeza redonda, con un delantal sucio en el que no paraba de refregarse las manos mojadas.
–Vete a la mierda, y a ver si aprendes a limpiar la puta cafetera.
El chino se irguió como si estuviera en una parada militar. Su fingida amabilidad se esfumó transformándose en una catarata de palabras en su idioma que por el tono debían ser insultos y amenazas que cesó en cuanto Olvido se puso en pie y vio la pistola en la cintura.
–Voy a mandar a alguien a inspeccionar esta pocilga. A ver si te la cierran.
Salió a la calle y aspiró el aire recalentado del asfalto. Antes, toda aquella zona cerraba en agosto. Las calles del polígono se convertían en un cementerio de persianas cerradas ocupado por críos que jugaban al balón, gente que hacía footing y perros que se cagaban en los vados. Ahora la gente también trabajaba bajo aquella canícula, y no debían quejarse. Tal y como estaban las cosas, tenían suerte. Olvido vio a su padre treinta años atrás en una nave parecida, encabezando un piquete informativo enfrentándose a los antidisturbios. A veces, Olvido pensaba que el infarto que lo fulminó lo provocó ella cuando le dijo que había decidido ingresar en la Policía.
Apartó aquel pensamiento sombrío. Iría a ver a Miguel a la oficina, le bajaría la bragueta detrás del escritorio y echarían uno de aquellos polvos clandestinos que tanto les hacían reír al principio.
Aquella noche, Olvido abrió la puerta de su casa en la Ronda San Pedro. Y al cerrarla tras de sí, la realidad cobró una dimensión más doméstica y reconocible donde todo estaba al alcance de la mano. Los sillones de color beige, la misma mesa de comedor ovalada con las sillas de patas curvas, los estantes color crema, la pecera de ochenta litros donde engordaba un pez dorado de ojos saltones que casi nunca se dejaba ver. Una cocina estrecha con electrodomésticos de acero inoxidable pagados a plazos, un baño con plato de ducha y sin bidé y un pequeño balcón con vistas al Mc Donald y que la mayor parte del tiempo permanecía con el doble cristal cerrado para evitar el ruidoso tráfico. No era el sueño que Olvido había ideado. Y aun así, era su hogar.
–¿Hay alguien en el castillo? –preguntó, alzando levemente la voz por encima de la música que venía del despacho. Born to Run de Bruce Springsten. Caminarás conmigo sobre la cuerda floja (…) Cariño, esta ciudad te arranca los huesos de cuajo…
“Qué oportuno” pensó Olvido, lanzando una mirada de reproche al ficus que colgaba en un borde de la mesa junto a un montón de correspondencia del banco y propaganda. Al parecer, los ancianos de la Iglesia de Jehová habían vuelto a pasar por allí dejando su revistilla Despierta: ¿Estás preparado para la salvación? Olvido cogió el ficus que tenía las hojas casi muertas y lo metió bajo el chorro del agua en el fregadero, que no tardó en mancharse de salpicaduras de tierra oscura, lo que echó un poco más de gasolina a su malhumor. Al cabo de un instante, asomó la camiseta roja de Gabriel con una esfinge en negro del subcomandante Marcos bajo el lema No Pasarán.
Gabriel la ciñó por la cintura e intentó besarla en el cuello pero Olvido se apartó de malas maneras.
–Joder, Gabriel, lo único que te pido es que riegues el ficus y ¿ni eso puedes hacer?
Gabriel arqueó las cejas disgustado, desvió la mirada hacia el ficus y luego se movió por la cocina como si buscase algo útil en lo que ocuparse.
Así eran las cosas desde que él había perdido el trabajo, la empresa y las ganas de volver a levantarse y pelear. Discusiones por nimiedades, enfados sin sentido que se esfumaban con la misma facilidad que volvían a brotar. Pero no era solo culpa de su esposo, Olvido sabía que ella era en buena parte la responsable de aquella tensión. En ocho años juntos solo había visto llorar a Gabriel una vez: fue en el 2012, cuando los inspectores de Hacienda vinieron a embargarle lo poco que le quedaba de su sueño de montar una empresa de programadores informáticos. Su socio se había largado dejándole un embrollo legal del que todavía no habían logrado salir completamente y Gabriel lo perdió absolutamente todo. Sus esperanzas, su fe, su salud. Había envejecido veinte años en los dos últimos. Quizá eran esas lágrimas las que impedían decirle que lo suyo se había terminado.
Se miraron en silencio, con la música del Boss al fondo dándole zarpazos a la guitarra. “Animaos, chicos, la cosa no es tan grave” parecía decirles.
–Lo siento –se disculpó ella –. He tenido un mal día en el trabajo.
–¿Muchos malos que atrapar?
–Algo así…Necesito darme una ducha.
Gabriel se acercó a ella y la estrechó entre los brazos.
–Podemos ducharnos juntos.
Querían fingir que las cosas eran como antes, y a condición de no ser muy exigentes con las grietas del otro lo lograban, al menos durante un rato. Pasar de la piel de Miguel a la de su esposo se había convertido en un ejercicio sencillo para Olvido. Ya no sentía remordimientos ni la mortificaba su cinismo. En algún momento, cuando Gabriel le pedía algo fuera de lo acostumbrado o se lo hacía a ella, se preguntaba si él también tendría a alguien. Lo triste no era pensar que sí, si no darse cuenta de que eso no le molestaría, a condición de no tener que enfrentarse a la evidencia. Cuando Gabriel la hizo ponerse de nalgas para penetrarla por detrás, Olvido hundió la cara en la almohada y tuvo que concentrarse en la imagen de Miguel para correrse.
No fue algo memorable, ya nunca lo era, pero los dos se acariciaron un rato en la cama con las piernas entrelazadas, dejando que el esperma y los flujos se solidificaran en sus pieles, manteniendo aún aquel pacto. Luego, Olvido fue a ducharse.
El nudillo se le estaba inflamando. Gabriel ni siquiera se había dado cuenta.
Cuando volvió al dormitorio vio la puerta del despacho abierta. Gabriel estaba sentado con las piernas cruzadas frente al ordenador portátil. Las pelotas le colgaban como el pene flácido. Era desagradable.
–¿Algo nuevo? –dijo asomando la cabeza, con el pelo goteante sobre la cara.
Él señaló la página abierta.
–Han encontrado dos cuerpos en una empresa, EG&G, en el Polígono Norte. Un hombre y una mujer desnudos. A él le han pegado un tiro en el pecho y a ella le han machacado la cabeza con algo.
Una figura del Quijote, pensó Olvido. La que estaba en el estante derecho del escritorio de Miguel. Donde se estaba follando a esa puta.
–¿Esa no es tu zona?
Olvido asintió.
Otra vez aquella derrota, aquel abatimiento que se cernía sobre ellos como un cepo del que Olvido necesitaba escapar como fuera.
Se vistió con ropa sport, un chándal holgado y una camiseta que disimulaba su pecho. Muchas jovencitas tenían complejos por tener el pecho pequeño y a edades precoces se implantaban mamas que las hacían parecer actrices del porno. Ella les regalaría gustosa la mitad de sus tetas y así evitaría ponerse aquellos sujetadores reductores y de paso aliviaría el dolor crónico de espalda.
Fue al dormitorio y se sentó un momento en la cama, contemplando el cuadro de Hopper, Early Sunday Morning, que Gabriel insistió en traerse como recuerdo del viaje de bodas por el medio Oeste americano. Seguía pareciéndole un cuadro frío y triste.
La H&K estaba al fondo del cajón metálico junto a las pocas joyas que tenía, unos billetes de 500 euros para contingencias, los pasaportes y su credencial de Policía. Tiró hacia atrás de la corredera bien engrasada y por mera rutina comprobó que no había una bala en la recámara. Todavía olía a pólvora. Los de balística no tardarían en extraer la bala del pecho de Miguel. Su padre detestaba las armas de fuego. Con una ingenuidad obvia decía que servían para matar a la gente. Para Olvido solo era una herramienta de trabajo, no sentía especial aprensión ni entusiasmo al empuñarla, solo una fría familiaridad. Era buena tiradora, pero no extraordinaria.
Gabriel se había puesto los calzoncillos y eso le daba una apariencia más digna. Sentado con las manos encogidas entre las piernas, miraba aquella burbuja hipnóticamente. Olvido tuvo un mal presentimiento. Gabriel necesitaba encontrar trabajo cuanto antes, de lo que fuese.
–He dejado la cena preparada.
Él se volvió despacio, como si se hubiese quedado pegado a la pantalla y su rostro se estirase como una goma deforme. Tardó unos segundos en reaccionar. Y lo hizo para fijarse en el vendaje de la mano.
–Ha llamado tu jefe. Dice que viene para acá. Quieren hablar contigo – El tono era demasiado evidente. –¿Tu amigo de la infancia, ese tal Miguel, no trabaja en esa empresa?
Olvido abrió y cerró lentamente el puño vendado. Le dio un beso fugaz en los labios que Gabriel no tuvo tiempo de atrapar y se dirigió al aparcamiento del edificio.
Víctor del Árbol
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